Semana 16.2 (final)


01.12.2025 - 07.12.2025

Esta última semana de taller se sintió distinta. No solo porque cerraba el semestre, sino porque cerraba el año entero, con todo lo que eso implica después de un periodo tan intenso y lleno de aprendizajes. A veces pienso que este año tuvo un ritmo propio, como si todo avanzara a una velocidad especial, y yo tuviera que aprender a moverme dentro de ese flujo para no quedarme atrás, pero tampoco perderme de mí misma.

Y creo que eso también define cómo viví el taller este semestre. Fue un año muchísimo más humano. En teoría vimos una enorme variedad de textos, desde civilizaciones antiguas hasta los problemas urbanos más actuales. Cada lectura mostraba cómo han ido cambiando las preocupaciones humanas y cómo esas preocupaciones guían la manera en que diseñamos, pensamos y habitamos nuestras ciudades. Entender ese hilo —ese tránsito de ideas, miedos, aspiraciones y búsquedas— fue lo que realmente marcó mi experiencia en el taller. Me hizo mirar la ciudad con más profundidad, entendiendo que cada decisión de diseño nace de una pregunta que ya alguien se hizo antes, y que hoy nos toca seguir respondiendo desde nuestro propio contexto.

En taller analizamos barrios desde adentro, desde la conversación, desde el caminar, desde la mirada atenta. Entendí por primera vez que la escala urbana también es profundamente emocional, que detrás de un trazado o un recorrido existe un acto humano cargado de historia, de deseo, de carencias, de memoria. Y eso me cambió la forma de diseñar. Ya no se trata solo de dibujar buenas plantas o dominar un programa: se trata de entender qué necesita realmente una comunidad, y cómo una puede –con mucha humildad– intentar responder a esas problemáticas sin inventar líneas que no nacen del territorio.

Salir a terreno, hablar con la gente, escuchar experiencias tan distintas, me hizo sentir que el rol del arquitecto es una responsabilidad gigante. Y por lo mismo, este año decidí comprometerme conmigo misma de otra forma. Ya no quise estar en la carrera de ser “la mejor del taller” ni vivir obsesionada con la nota perfecta. Con todo lo que tenía encima –trabajo, universidad, plata, alemán, vida– sería absurdo exigirme una perfección que ni siquiera existe. Me quedo con lo que aprendí, con el criterio que desarrollé, con los argumentos que hoy siento mucho más sólidos y reales. Me quedo con haber diseñado un proyecto coherente con lo que vi, con lo que escuché y con lo que viví en el barrio.ñ


Sobre la comisión… fue un caos bonito y honesto. Llegué desde el trabajo casi corriendo, sudada, sin discurso, sin ensayo, con cero glamour académico. Lo único que quería era no desmayarme. Pasé primera, así que tuve que defender con lo que tenía en la cabeza en ese minuto. Pero curiosamente, haber dormido bien me ayudó más que cualquier ensayo. Respondí preguntas, aclaré dudas, y aunque no fue perfecto —ni pretendía serlo— sí fue suficiente. No me criticaron casi nada del proyecto, solo detalles; lo demás fueron aclaraciones. Así que siento que me fue bien. Ni excelente ni terrible: bien, que para mí hoy vale muchísimo.

Y así, cierro este año sintiendo que sobreviví a algo grande. Que no me morí, que no me faltó comida, que logré equilibrar trabajo y estudio cuando pensé que era imposible. Que seguí perfeccionando mi alemán y ahora puedo tener conversaciones fluidas, cosa que antes veía lejanísima. Que mantuve promedios buenos sin destruirme en el intento. Y que, aunque no destaqué como “la mejor”, alcancé resultados que me enorgullecen y que hablan de constancia más que de genialidad.

El próximo año lo empiezo en otro país. Todavía no me dejo ilusionar demasiado porque quiero vivirlo desde la calma, pero la verdad es que estoy muy emocionada. Y sé que si pude con este año —con todos sus ritmos, presiones, aprendizajes y renuncias— puedo con lo que venga.

Siento que lo logré. No perfecto, no brillante, pero profundamente real y mío. Y con eso cierro.










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