Semana 13.2

 10.11.2025 - 16.11.2025

Escribo esto después de finalmente enviar mi aplicación a la Hochschule. Qué manera de pedir cosas. Entre certificados, traducciones, fotos, documentos y correos, terminé con un dolor de cabeza tan insistente que sentí que tenía el cerebro envuelto en alusa. Igual me lo busqué un poco: me cuesta pedir ayuda y prefiero solucionar sola, así que las últimas horas fueron puro correr. Por suerte, existen personas como Alena Fritz y Maximilian, que me tuvieron una paciencia casi bíblica respondiendo mis dudas una por una. También aprendí lo poco amable que puede ser el sistema de la facultad: hacerte preguntar lo mismo a cinco personas distintas, como si estuviéramos en algún tipo de gymkana administrativa. Pero bueno, ya está. Y es fuerte pensar que esto que soñaba cuando tenía 14 —estudiar en Alemania— ahora existe como un pasaporte recién impreso y un seguro médico alemán guardado en mi computador. Brígido.

Con todo ese ruido mental, llegó la entrega de Taller. Y decidí algo que me enorgullece más que cualquier plano: no matarme. Esta semana mi cuerpo me dijo basta de una forma bien explícita (cuando me sangró la nariz y se me murió el brazo izquierdo dije “ya, creo que estoy exagerando”). Igual fui a la pega, obvio, pero me prometí hacer solo lo esencial: las láminas. Si no habría presentación oral, entonces cada lámina tenía que hablar por mí: idea, concepto, clima, estructura, programa, todo clarito y sin excusas.

En términos del proyecto, esta entrega me dejó tranquila. Eso me sorprendió, porque venía cargando semanas de inseguridad con mi edificio “torta”, como le digo con cariño. La profe tenía razón: faltaba que “la plataforma activa” se viera y se sintiera de verdad. Al final, mi proyecto es un centro deportivo y comunitario que no se posa sobre el barrio como un objeto, sino que se articula a partir del tejido existente: patios, canchas, huertas, pasajes, todas esas microcoreografías que las personas hacen sin darse cuenta. La estrategia es liberar la planta baja —dejar que el suelo siga siendo público— y elevar el programa como una gran cubierta recorrible, casi como un puente que se quiebra para formar terrazas, sombras y vacíos que iluminan. Ese nivel elevado funciona como un “suelo libre”, donde conviven deportes, pausas, miradores y actividades comunitarias, conectándose con el jardín infantil y la cancha mediante pasarelas y patios que actúan como pulmones de luz y ventilación.

Me gustó trabajar la idea de los jardines verticales y los pozos de infiltración como forma de recuperar el clima y la humedad del terreno, que hoy se siente árido y descuidado. Creo que ahí aparece algo que me hace sentido desde hace tiempo: cómo la naturaleza puede ser una herramienta urbana, no solo un adorno. En un barrio donde el deporte es cotidiano y el calor pega fuerte, estos jardines ayudan a refrescar las circulaciones, abren pausas sombreadas y transforman la caminata en algo más habitable. El proyecto se estructura en acero —columnas HSS, vigas livianas, luces cortas— para permitir esta apertura completa en el primer piso. Y los patios verticales no son “huecos bonitos”: son verdaderos contrafuertes que dan estabilidad y al mismo tiempo permiten ventilación cruzada, iluminación natural y cruces visuales entre usos. 

Obvio, no todo fue perfecto. Las planimetrías salieron un poco confusas: mis pisos superiores flotaban porque los dejé sin contexto (ni yo sé dónde estaba mi norte en un momento). Y sí, exageré las alturas. Me di cuenta tarde de que había trabajado en 1:100 en vez de 1:200 —error de principiante—, pero en ese punto elegí dormir antes que volver a pegar todo desde cero. Y claro, la profe lo vio al tiro. Pero por primera vez no me sentí destruida por eso. Me dio risa, incluso. Supongo que a los 24 una empieza a soltar la idea de la nota perfecta y se queda con la idea de mejorar en serio, sin tanta mortificación.

Termino esta semana con una mezcla muy rara: cansancio físico, alivio emocional y una motivación que me vuelve a aparecer después de mucho rato. Ahora que los trámites del intercambio ya están fuera de mi cabeza, vuelvo a mis dos mundos más simples: mi pega en Lü, y Taller. Todo vuelve a la normalidad. Y por primera vez en semanas siento que tengo un hilo claro para seguir construyendo: una plataforma que respira, patios que sostienen, recorridos que nacen del barrio, y una arquitectura que —ojalá— pueda devolverle un poco de dignidad a esa manzana tan viva, tan frágil y tan llena de historias.

Nos vemos la próxima semana. Esta vez con la cabeza un poco más liviana. Y con diagnóstico médico nuevo, probablemente.



 



 

Comentarios

  1. Hola Fraaaan! Sé todo lo que estás pasando y te entiendo un montón.
    Me alegra que hayas logrado entregar a tiempo porque vi todo lo que te dedicaste para esto.
    Respecto a tu proyecto, bien puee! Resolviste con el lugar, creaste muchos espacios para distintos deportes y te integraste al barrio, es un proyecto como hablábamos el otro día ya mas edificio jajajaja! Antes parecía que jugábamos o teníamos mas libertades, ahora es en serio jajaja
    Un abrazo, éxito en comisión <3 Te quiero

    ResponderEliminar

Publicar un comentario