Semana 11.2

 

 27.10.2025 - 02.11.2025

Esta semana fue especial por una razón muy simple pero profundamente significativa: mi mamá vino a Concepción por primera vez, justo para celebrar mi cumpleaños. Desde que me mudé hace tres años, nunca habíamos pasado mi cumpleaños aquí, en “mi” ciudad, en los lugares donde estudio, camino, me pierdo y me encuentro. Así que decidí algo que no suelo permitirme: estar desconectada de la universidad, aunque fuera un poco, y simplemente disfrutar.

Durante esos días me convertí en guía turística improvisada. Le mostré Concepción con mis ojos y también con los suyos. La llevé a San Pedro, a la Laguna Grande, y verla maravillarse con cosas que para mí ya son paisaje cotidiano fue como volver a mirar todo por primera vez. Ella, ariqueña, no podía creer lo verde, lo húmedo, lo frondoso del sur. Le fascinaron las casitas, las actividades junto al agua y hasta las piñas de los árboles que encontraba en el suelo… se llevó varias para su “decoración navideña”, por supuesto.

Creo que no me sentía tan desconectada de la realidad universitaria desde que llegué a Concepción. Fue un respiro necesario, un recordatorio de que la vida existe incluso cuando estoy corriendo entre entregas, trabajo y correcciones.

Aun así, Taller siguió avanzando —porque siempre avanza, nosotras queramos o no— y me dediqué principalmente a trabajar las láminas. Después de la locura absoluta que fue la semana cargada de teóricos, el ambiente se siente diferente, más tranquilo, como si todas estuviéramos recuperando el ritmo natural del semestre. Esa calma me ayudó a concentrarme en lo que más me estaba costando aterrizar: las planimetrías.

Partí trazando los puntos estratégicos donde podrían ubicarse los jardines de lluvia que quiero incorporar, pensando en cómo canalizar y aprovechar el agua para refrescar el sector y darle vida a los espacios exteriores. Desde esos puntos fueron apareciendo otras decisiones: las áreas de descanso para deportistas, las terrazas, las zonas para comer, el café para comprar algo frío —o caliente, según la época—, y también la administración y recepción del edificio, que conecta los programas de los pisos superiores con lo que sucede a nivel urbano.

Además, trabajé en definir las circulaciones: cómo se teje el recorrido entre el jardín infantil, la cancha existente y mi propuesta; cómo se cruzan los flujos sin estorbarse; cómo la arquitectura puede sostener ese tránsito natural de personas que van, vienen, hacen deporte, dejan niños, descansan, compran algo helado y siguen su camino.

Esta semana, más que de grandes avances, fue de afinar la mirada. De caminar más lento. De observar mejor. De recordar por qué me interesa tanto lo urbano: porque es donde la vida sucede sin pedir permiso, porque cada decisión arquitectónica puede acoger, acompañar o incluso celebrar esas pequeñas coreografías diarias.

Termino la semana con el corazón un poco más blando, la mente más fresca y las ideas más claras. Tener a mi mamá aquí me hizo bien. Me reconectó con algo simple pero profundo: que incluso en medio del caos universitario, hay momentos que valen más que cualquier entrega.

 

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