Semana 7.2
29.09.2025 - 05.10.2025
Esta semana partió con un balde de agua fría. La profe miró mi maqueta, respiró, y dijo: “Está fome”. Me reí, pero por dentro dolió. Me cuesta aceptar esas cosas sin sentir que me fallé a mí misma. Tuvimos una conversación intensa sobre mi forma de llegar y entregar en el taller; me hizo darme cuenta de cuánto me cuesta mantener el ritmo sin que me pase la cuenta. La verdad, me considero una persona más bien cómoda, hasta perezosa, pero obligada a vivir a velocidad x2. Estoy chata de correr por todo. Por la pega, la U, corregir, alcanzar cosas que siempre parecen cerrarse pronto. A veces me frustra tanto que solo quiero, por una vez, ser mediocre y conformarme con algo fome. Pero sé que no me lo permitiría. Me odio un poco por eso, por no saber soltar.
Después de esa conversación, llegué del trabajo agotada. Pero en vez de dormir, me tomé una mezcla de Redbull con pisco (no lo recomiendo) y un pan con palta, y me puse a maquetear hasta que amaneció. La ironía más grande es que al día siguiente la profe no revisó a nadie. Quedé entre la risa y la rabia. Pero no podía dejarlo ahí: al día siguiente sacrifiqué mi único momento de colación en el turno y corrí a la U solo para alcanzar la corrección. Tanto esfuerzo no podía ser en vano.
Y aunque no fue una corrección brillante, algo cambió. La profe me dijo que se estaba entendiendo mejor la intención del modelo, y eso bastó para sentir que el esfuerzo valió la pena. Porque yo sí la entendía -la intención, quiero decir-, me había salido intuitiva. Días antes fui con la Sofi al lugar, y nos encontramos con una situación que me voló la cabeza: todos los edificios estaban conectados entre sí por accesos internos, como si funcionaran bajo un sistema de circulación compartido que mezclaba lo público y lo privado.
Entre la sede y el jardín hay huertas; entre el jardín y el edificio abandonado, un patio trasero donde el personal descansa o toma aire. Es como una colmena que se organiza sola, con su propia lógica y sus propios tiempos. Me impresionó ver cómo la vida cotidiana se traduce tan naturalmente en el espacio: en los asientos improvisados con tablas, las plantas elegidas casi al azar, o una simple escoba amarrada en la pared para que no se la roben por la reja. Esas pequeñas decisiones, invisibles para muchos, son las que más me conmueven.
Creo que eso es lo que más me gusta del urbanismo: cómo todo lo que somos termina materializándose en los lugares que habitamos. El proyecto que quiero construir nace de ahí —de esa observación de lo cotidiano, de entender cómo se entrelazan los gestos mínimos y las formas de vivir. Mi meta, más que diseñar algo espectacular, es lograr que mi propuesta capture algo de esa autenticidad: la vida misma, tejida entre patios, huertas y circulaciones que respiran por cuenta propia. Espero lograrlo.
.png)
Comentarios
Publicar un comentario