Semana 3.2

 25.08.2025 - 31.08.2025

Esta semana estuvo marcada por volver al barrio, esta vez con la sensación de que todavía nos faltaba mirar con más calma y más profundidad. La corrección pasada nos dejó claro que el material que teníamos no era suficiente para avanzar, así que no quedó otra que volver a caminarlo. El día estaba gris, y creo que eso también influyó en cómo lo percibimos: el mismo espacio, pero con otra cara.

Lo que más me impactó fue ver de frente lo que ha dejado el neoliberalismo en este lugar: terrenos expropiados, sitios eriazos que quedaron abandonados, sin tratamiento, sin solución, como heridas abiertas pegadas a la costanera del Biobío. Ahí, donde alguna vez la conexión con el río marcaba la identidad del barrio, ahora lo que se siente es pérdida. Caminar por esos callejones me produjo tristeza, incluso un poco de miedo. Los perros ladraban como si nos advirtieran que no éramos bienvenidas, que estábamos entrando en un territorio que ya no nos correspondía.

Aun así, al analizar en capas lo que íbamos viendo, apareció cierta lógica en medio del aparente desorden. Las callejuelas se iban enredando como venitas que se conectan con la vegetación cercana. Es curioso: en medio de la precariedad, se nota la inteligencia de quienes habitaron esos espacios, usando la naturaleza como refugio, como eje, como estructura sobre la cual construir. No hay un plano maestro, pero sí una manera de responder al lugar, de apropiárselo desde lo que hay. Eso me dejó pensando en cómo muchas veces lo que llamamos “informal” tiene más coherencia con el entorno que lo que se planifica desde arriba.

El resto de la semana también tuvo sus propios contrastes. El miércoles me tocó un día inesperado de trabajo como garzona en un restobar. Fueron horas intensas, terminé con la espalda molida y con esas ganas de detenerlo todo aunque sea por un día. Y quizás por eso, después del jueves de taller y sistemas, con las chiquillas decidimos regalarnos una tarde libre. Nada extraordinario, solo descansar un poco y recordar que también se puede vivir fuera de la universidad.

Claro que el descanso fue breve, porque al día siguiente tenía un turno largo en el plotter, esta vez acompañada por mi grupo de gestión. Al menos pudimos aprovechar el tiempo para avanzar en el trabajo, y la compañía lo hizo menos pesado.

La buena noticia de la semana fue que me llamaron a una entrevista laboral en un local de comida asiática y vegetariana. Como vegana, me emociona mucho la idea de poder trabajar en un lugar con el que me siento identificada, y que no se sienta solo como “trabajo por necesidad”. Espero que resulte, porque sería un espacio donde lo personal y lo laboral podrían convivir de forma más armónica.

Al final, fue una semana de contrastes: un barrio que se nos muestra fracturado, marcado por pérdidas y ausencias; un cuerpo cansado que pide pausas; y al mismo tiempo, pequeñas señales de que algo nuevo puede abrirse. Entre miedos, perros guardianes, turnos agotadores y entrevistas que ilusionan, siento que voy aprendiendo a reconocer que en cada escenario —por difícil o extraño que parezca— también hay una lógica que se revela si uno sabe mirar.

 

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