Semana 1.2
05.08.2024 - 11.08.2024
Hoy comenzó el segundo semestre, y con ello los días de frío y trabajo.
Como yo supongo que todos esperábamos, se entregó el primer encargo: un diagnóstico. Este consistió en diseñar un observatorio de aves en la Laguna Grande de San Pedro. Conozco ese lugar, lo habré visitado un par de veces, pero la verdad nunca recaí en la existencia de aves migratorias o propias allí. En ese sentido, me gusta poder aprender sobre distintos temas además de lo que significa la arquitectura como tal. Quizás nunca lo hubiese hecho de no ser por esta entrega jaja.
La visita comenzó un día miércoles. Con mucho sol y pocas aves.
Yo creo que las mentes de los estudiantes de arquitectura se ponen en modo diseño al momento de ver el lugar. Me imaginaba tantas cosas. Mi primer pensamiento fue quizás trabajar con el sonido del canto, ya que fue en realidad lo único que consideraba que se reconocía de ellas. ¿Cómo funcionarán las estructuras que encapsulen el sonido? Recuerdo que el semestre pasado lo vimos con el profesor Rafael Moya. Pero luego también recordé que no debería desviarme tanto de la idea de observatorio.
Las aves se encuentran en la altura, pero las más cercanas están en el borde de la laguna. ¿Y si me adentro en ella? Había un pequeño recoveco con un muelle hundido, quizás por las lluvias el nivel del agua aumentó. ¿Sería buena idea adentrarme en la laguna? ¿Trabajar ese muelle? Luego una persona me dijo que los niños les arrojaban piedras a los cisnes de cuello negro.
¿Y alcanzar su altura entre los árboles? En el borde se emplazaba un mini-mini bosque de árboles inmensos. Era extraño como de repente aparecían y desaparecían. ¿Cómo se alzará una estructura entre los árboles para no entorpecer el recorrido tan estrecho que se forma entre ellos? ¿Seguirá existiendo visibilidad hacia las aves en la laguna?
El sendero es precioso, pero de difícil acceso. Los árboles caídos interrumpen el paso. Debemos ingresar por las espaldas del anfiteatro. ¿Será ideal un lugar tan difícil de transitar?
Siempre me sucede que veo muchos obstáculos y pocas oportunidades. Por un lado es bueno, pero por el otro muy malo. Eso de frenarse, de no observar el potencial que posiblemente si exista. Aun me cuesta trabajo.
La segunda visita fue un jueves. Llegó mi nueva compañera de departamento, carrera y amiga. Emprendimos hacia la laguna. Ella es una persona muy social, piensa mucho en el usuario, así que instantáneamente se acercó a alguien a preguntar: ¿Dónde cree usted que es el mejor lugar para observar aves?
Fueron tres personas con las que hablamos: Alguien paseando a su perro, un trabajador limpiando las ramas en el camino y un joven. El factor común fue el sendero del cerro, el lugar que menos motivación me producía trabajar. Caminamos un poco por allí, pero seguía pensando en el poco acceso universal. Las vistas eran increíbles. A veces la altura dejaba ver toda la grandeza de la laguna, a veces descendía hasta pequeñas playas. Las aves se acercaban más confiadas en un lugar tan oculto por los juncos y árboles. Comenzaron a aparecer los queltehues en las ramas. Y el canto se intensificó notoriamente.
Con muchas dudas volvimos a la facultad y nos acercamos al profesor Eduardo Moraga. Él es una persona con mucha disposición, agradecimos mucho el tiempo que nos facilitó para resolver y guiarnos un poco más.
Los arquitectos, dentro de todo, resuelven problemáticas. Si el acceso se entorpece, pero el lugar tiene tanto potencial, hay que resolverlo.
Muchas ganas de trabajar, demasiadas ideas por explorar, pero muy poco tiempo.
En lo personal, llegar a Conce siempre significa tener mil cosas pendientes por hacer, pero considero que esta vez el nivel de tareas fue e-s-t-r-a-t-o-s-f-é-r-i-c-o. El semestre pasado, en plena semana de preparación para la comisión, me tocó realizar una mudanza de emergencia. Buscar departamentos, buscar roomie, empacar toda la vida que había creado en mi antiguo espacio en un montón de bolsas y transportarlas al edifico Colo-Colo. Antiguo, frío, con vista a los muros traseros de Falabella y una eternidad de cosas por limpiar y arreglar.
Esto influyó mucho en el encargo de taller. A veces uno debe priorizar, y la universidad no lo es todo en la vida. Por lo que con un poco de nudo en la garganta debí desprenderme de la idea de darlo todo (como siempre intento hacerlo) y enfocarme en solucionar un espacio apto para vivir y trabajar.
Tomó la semana completa. Muchas compras, retiros, cajas, armados, desempaques. Finalmente fue la tercera visita, el día sábado. Ya decidida a buscar un lugar en el cerro y apuntar los caminos que se podrían reparar, observé como funcionaba el acto allí y como se comportaban las personas en este ambiente con características más distintas.
Así, encontré el que yo creo que es uno de los lugares ideales para el avistamiento de aves. Donde el terreno se elevaba y las copas de los árboles se acercaban, se creaban dos caminos. Curiosamente, las personas caminando se decidían por uno y los ciclistas por otro. Los árboles se separaban y enmarcaban la laguna, donde vi taguas. Era tal la atracción de la vista, que los ciclistas se detenían e ingresaban a este rincón encapsulado por árboles a través de un acceso natural indicado por los arbustos que se abrían al paso. Pensé en crear un lugar de detenimiento, como un refugio. Una alternativa de aproximación a la laguna para observar los cisnes y patos, y otra para acercarse a las ramas y quedar a la altura de las aves allí. Pensé en las torres, en cómo debería difuminarse la forma con los troncos de los árboles para dialogar con el lenguaje del lugar y no espantar la fauna con un elemento tan contradictorio.
Vista hacia laguna desde el lugar.
También pensé en el material. En la Universidad de Talca, donde estudiaba antes, los proyectos de títulos se construían. Recordé uno donde el estudiante utilizó madera carbonizada. Una técnica que ayuda a la resistencia de esta contra la humedad y termitas. Y que yo consideré perfecta para seguir con la paleta de colores, de la tierra mojada, la sombra y los troncos oscuros.
El día domingo, compartiendo la estufa a parafina en mitad del pasillo, pude comenzar a maquetear en tranquilidad. Con el tiempo encima, pero feliz de tener el espacio para hacerlo.
La maqueta se fue solucionando a medida que cortaba los cartones. Nunca había maqueteado sin haber planificado antes, pero me relajé y deje que todo fluyera, después de todo, la idea estaba, y aunque es claro que faltó un montón de desarrollo, siempre es bueno tener la base. El recorrido hacia la laguna se transformó en un lugar de jardín, donde crezcan especies de flores atrayentes para las aves, como la nipa o chilca. Además de funcionar como puntos de información, o comedores y bebederos.
El punto bueno de todo el tema mudanza, fue que tenía una cantidad más que suficiente de cartones para trabajar.












Comentarios
Publicar un comentario